
Querer lo mejor para un hijo es natural. Pero a veces ese deseo puede transformarse en presión sin darnos cuenta, levantando una barrera entre padres e hijos causada por las expectativas de los padres.
La adolescencia es una época complicada. Además de los cambios físicos evidentes, los adolescentes deben afrontar una transformación emocional que puede ser compleja de gestionar. En esta etapa, intentan entender quiénes son y qué se espera de ellos. Se miran en los demás –en su grupo, en las redes– y también en sus adultos referentes. En ese proceso, empiezan a construirse sus propias expectativas sobre su aspecto y su forma de ser. Estas también se ven amplificadas por las expectativas de los padres, que, en muchas ocasiones, resultan difíciles de sostener.
Para compensarlo, algunos adolescentes buscan vías rápidas de evasión, como el deporte, la música o los vínculos sociales. Para otros, esa presión puede convertirse en una fuente constante de malestar que, si no se detecta a tiempo, puede derivar en problemas más serios, como una adicción o un trastorno de la conducta alimentaria.
Por eso, más allá de interpretar estas acciones como un acto de rebeldía, debemos preguntarnos qué puede estar sintiendo nuestro hijo para querer hacer según qué cosas. Para ello, es importante identificar qué papel pueden estar jugando las expectativas que haya a su alrededor. Y eso incluye las de los propios padres.
El psicoanalista Peter Blos define la adolescencia como el “segundo proceso de individuación”, en el que el debemos resolver conflictos anteriores desde un yo más maduro y, a la vez, desprendernos de la dependencia de los padres.
Sin embargo, esa separación no implica ruptura. Desde corrientes más actuales, como el psicoanálisis relacional, se entiende que el desarrollo psicológico no ocurre en aislamiento, sino en relación con los demás. Autores como Joan Coderch han insistido en que nuestra forma de pensar, sentir y actuar está profundamente moldeada por nuestras experiencias relacionales, muchas de ellas implícitas y no conscientes. Desde esta perspectiva, la adolescencia no es solo un proceso interno, sino una reorganización de los vínculos: con los padres, sí, pero también con el entorno social.
En esta línea, el psicoanalista Donald Winnicott hablaba de la adolescencia como una “segunda oportunidad para el desarrollo”. Para él, el papel de los padres no desaparece, sino que debe transformarse. Pasan de ser figuras de control a convertirse en un sostén emocional (holding) que permita al adolescente explorar por sí mismo quién es (self) sin perder la seguridad del vínculo.

En la adolescencia, los hijos siguen dando mucha importancia a lo que piensan y dicen sus padres y a lo que esperan de ellos. Esas expectativas pueden generar frustración y la idea de que lo que hacen –sobre todo si no es lo que los padres consideran lo bueno– puede influir en el amor que sentimos hacia ellos.
Reevaluar nuestras expectativas es fundamental para acompañarlos emocionalmente si no queremos que se cree una distancia entre padres e hijos. Aunque se hagan mayores, es esencial seguir celebrando sus logros y no solo señalar lo que hacen mal, ya que eso tendrá un impacto directo en su autoestima.
Fomentar la comunicación y favorecer conexiones reales puede ayudar a que nuestros hijos adolescentes sientan que sus problemas emocionales son reales y no solo propios de esta etapa vital. Aquí los padres tienen un papel fundamental.
Unicef recomienda:
Para fomentar buenos hábitos emocionales en sus hijos, los padres también pueden liderar con el ejemplo siguiendo hábitos saludables que no solo repercuten positivamente en la salud mental, sino que además pueden ayudar a prevenir problemas como los trastornos alimenticios.

Desde el Child Mind Institute, una organización sin ánimo de lucro que trabaja para transformar la salud mental de los menores, se pone el foco en el autocuidado de los padres:
Además, existen herramientas para crear expectativas más realistas:
Para rebajar las expectativas de los padres hacia sus hijos, es esencial hacer un trabajo personal que repercutirá positivamente en el desarrollo emocional y conductual de sus hijos.

Defensor del Asegurado:
Sr. Jaume Solé Riera
Doctor en Derecho, en la especialidad de Derecho Procesal
Profesor titular numerario en la Universidad Pompeu Fabra.
Correo electrónico: [email protected]