
El herpes zóster puede parecer inofensivo, pero sus brotes dolorosos y sus posibles secuelas lo convierten en una infección a tener en cuenta, sobre todo en edades avanzadas o con defensas bajas.
Conocido también, popularmente, como culebrina o culebrilla, el herpes zóster es una infección viral que no acostumbra a poner en riesgo nuestra vida, aunque sí suele causar una erupción dolorosa, diversas molestias o problemas de salud asociados y puede dejar secuelas.
Esta afectación está provocada por el virus varicela-zóster, un herpes virus que infecta a seres humanos y otros vertebrados, causando varicela (sobre todo en niños, adolescentes y jóvenes) y herpes zóster (habitualmente, en adultos y ancianos). A pesar de ser del mismo grupo, es un virus diferente del que provoca el herpes labial o el genital.
El herpes zóster puede desarrollarse en cualquier parte del cuerpo, pero lo más frecuente es que se manifieste:
Cuando se contrae la varicela, el virus permanece en nuestro cuerpo de por vida, instalado en el sistema nervioso.
Suele estar latente durante mucho tiempo, pero en algún momento puede llegar a reactivarse en forma de herpes zóster. En el momento de la reactivación, es cuando pasa de las vías nerviosas a la piel, originando los famosos sarpullidos.
Aunque no están claras las razones que lo originan, parece existir una relación con la disminución de la inmunidad ante las infecciones. Por eso, suele presentarse en mayor proporción en adultos o ancianos.
Debemos tener en cuenta que una persona con herpes zóster puede transmitir el herpesvirus a cualquier otra que no esté inmunizada ante la varicela. Para que esto suceda, es necesario el contacto directo con las vesículas abiertas del herpes.
Si la persona se infecta, desarrolla la varicela antes que el herpes zóster. Por esta razón, es necesario evitar el contacto físico con las personas que no hayan pasado la varicela o que no estén vacunadas, especialmente con recién nacidos y mujeres embarazadas.
Los síntomas más habituales que provoca son:
El diagnóstico suele basarse en el examen de la piel, las preguntas al paciente y el análisis de la historia clínica. En pocas ocasiones es necesario recurrir a pruebas adicionales, como un análisis de una muestra de piel o de sangre.
Evidentemente, si creemos que podemos estar afectados de herpes zóster, lo mejor es consultar con nuestro médico lo antes posible; especialmente si tenemos algún factor de riesgo o nuestro sistema inmunitario está deprimido. Es importante el inicio precoz del tratamiento para que sea efectivo.
Cuando el herpes zóster afecta a la cara/cabeza existe un mayor riesgo de secuelas y complicaciones, y es imprescindible el control por parte de un especialista en oftalmología.
El tratamiento más habitual es la receta de un antiviral, que sirve para disminuir el dolor y reducir la evolución de la enfermedad, además de prevenir complicaciones. Su presentación suele ser en forma de pastillas, aunque también pueden suministrarse vía intravenosa. Se recomienda empezar a tomar estos fármacos antes de la aparición de las ampollas.
Otros fármacos que pueden prescribirse son:
Además de la vacuna de la varicela, existe una vacuna específica para el herpes zóster que suele subministrarse en adultos y es eficaz para reducir el riesgo de desarrollarlo, así como reducir sus síntomas y complicaciones.

Defensor del Asegurado:
Sr. Jaume Solé Riera
Doctor en Derecho, en la especialidad de Derecho Procesal
Profesor titular numerario en la Universidad Pompeu Fabra.
Correo electrónico: [email protected]