
Cuando un adolescente sufre un trastorno alimenticio, va más allá de las presiones estéticas o de querer llamar la atención. Es fruto de un profundo malestar emocional. Reconocer las señales de alerta es el primer paso para ayudar.
Se estima que en España el 75% de las personas que padecen algún trastorno alimenticio tienen entre 12 y 24 años. Otros estudios apuntan a que los TCA, como la anorexia o la bulimia nerviosa, afectan a uno de cada 20 adolescentes del país.
Los factores de riesgo pueden ser individuales, familiares o sociales. Aunque cuestiones como la presión estética o las ganas de rebelarse también tienen un peso en este tipo de trastornos, los TCA son, sobre todo, el lenguaje del malestar. Los y las adolescentes encuentran en ellos una forma de expresar sus emociones cuando no tienen el espacio para hacerlo de otra manera. Son la respuesta a una necesidad de intentar encajar, de no sentirse invisibles.

Los padres y demás adultos en la vida de los adolescentes tienen la responsabilidad de identificar las señales de alerta tempranas, que a menudo pasan por alto, como preocupación por el peso, cambios de humor o uso excesivo de las redes sociales. Entender qué hay detrás de todo esto es el primer paso para acompañarlos de forma consciente y respetuosa.
La detección temprana de los trastornos alimentarios en adolescentes es clave para hacer un tratamiento eficaz y mejorar su pronóstico. Ahí radica la importancia de reconocer los signos de alarma que permitan actuar a tiempo.
A partir de aquí, los padres y madres podrán mostrar comprensión y acompañar a sus hijos adolescentes tanto en el camino de recuperación del TCA como en la reparación del malestar emocional que los ha llevado hasta ese extremo.
Los síntomas pueden variar según el tipo de trastorno alimenticio, pero las principales señales de alarma tempranas son:

El malestar emocional que lleva a los adolescentes a padecer un trastorno alimenticio puede originarse en el ámbito social, escolar o familiar. De hecho, las dinámicas familiares influyen, para bien y para mal, en los pacientes jóvenes con TCA.
Los padres y madres pueden ser un gran apoyo y, con empatía, comprensión y sensibilidad, ayudarles a abandonar ese comportamiento autodestructivo. Por el contrario, un núcleo familiar que ejerce una presión excesiva sobre ellos y presta poca atención a sus problemas puede llevar a la aparición de trastornos alimentarios en adolescentes.
Los adultos más cercanos tienen la responsabilidad de detectar el problema, ofrecerles las herramientas para superar el trastorno y acompañarlos durante el proceso. Es una situación delicada, pues, si no actúan como los hijos esperan, podrían provocar en ellos una herida emocional todavía más profunda.
La relación que la propia familia tiene con la comida influye enormemente en cómo el o la adolescente percibe la alimentación. Es uno de los desencadenantes de trastornos de conducta alimentaria como la anorexia, la bulimia, el trastorno por atracones, que puede provocar obesidad, o el trastorno por evitación.
En este sentido, merece la pena explicar el concepto de las almond moms, o ‘mamás almendra’. Se refiere a padres que controlan de forma excesiva lo que comen sus hijos, lo cual puede desencadenar un TCA. El término se ha popularizado a raíz de una conversación viral entre Gigi Hadid y su madre. La modelo le explicaba que se sentía débil y que solo había comido media almendra en todo el día, y el consejo de su madre fue comer un par de almendras y masticarlas bien.

No se trata de echar culpas, sino de encontrar soluciones. El entorno adulto de los y las adolescentes desempeña un papel fundamental en la prevención de los trastornos alimentarios, así como en la detección y la posterior recuperación.
Desde el entorno familiar podemos:
Las principales señales de alarma incluyen cambios bruscos de peso y uso continuo de la báscula, preocupación excesiva por la comida y dietas restrictivas, distanciamiento de familiares y amigos, y conductas compensatorias como el vómito autoinducido o el ejercicio compulsivo. También pueden mostrar un bajo estado de ánimo e irritabilidad.
Aunque factores como la presión estética o las ganas de rebelarse influyen, los TCA son principalmente el lenguaje de un profundo malestar emocional. Los adolescentes utilizan estos trastornos como una vía para expresar sus emociones y como respuesta a la necesidad de intentar encajar y no sentirse invisibles.
Este término hace referencia a los padres y madres que controlan de forma excesiva lo que comen sus hijos. Este tipo de presión y control sobre la alimentación es uno de los desencadenantes que puede acabar provocando un trastorno de conducta alimentaria en el adolescente.
La familia desempeña un papel fundamental mostrando empatía y comprensión. Es recomendable promover la aceptación corporal, construir experiencias positivas en torno a la comida, facilitar el diálogo sin presionar, juzgar ni hacer sentir culpable al joven y, sobre todo, buscar ayuda profesional para hacer frente al trastorno.

Defensor del Asegurado:
Sr. Jaume Solé Riera
Doctor en Derecho, en la especialidad de Derecho Procesal
Profesor titular numerario en la Universidad Pompeu Fabra.
Correo electrónico: [email protected]