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¿Se puede prevenir la obesidad infantil?

La obesidad infantil se ha convertido en un objetivo de salud pública de primer orden en la mayoría de países. Según los últimos cálculos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el número de lactantes y niños pequeños (de 0 a 5 años) que padecen sobrepeso u obesidad aumentó de 32 millones en 1990 a 41 millones en 2016. Cifra que asciende hasta los 340 millones observando a niños y adolescentes (de 5 a 19 años). Es más, se calcula que en 2022 habrá más niños obesos que con insuficiencia ponderal (peso inferior al que corresponde a la edad).

Ante estas cifras tan alarmantes, hay que preguntarse: ¿Qué estamos haciendo mal los padres? ¿Se puede prevenir la obesidad infantil?

¿Obesidad o sobrepeso?

La obesidad y el sobrepeso se definen como una acumulación anormal o excesiva de grasa que puede ser perjudicial para la salud. Para saber si una persona tiene obesidad o sobrepeso se utiliza el Índice de Masa Corporal (IMC), que se calcula dividiendo el peso en kilogramos por el cuadrado de la talla en metros (kg/m2). La OMS define el sobrepeso como un IMC igual o superior a 25, y la obesidad como un IMC igual o superior a 30.

Estos umbrales sirven de referencia para las evaluaciones de adultos, pero para los niños los valores de referencia del IMC no se pueden aplicar con exactitud, ya que cambian según la edad y el sexo. Por este motivo, para seguir la evolución de la corpulencia durante el crecimiento, los pediatras consultan las curvas de referencia, un patrón que les permite comparar la altura y el peso y determinar si existe riesgo de padecer obesidad.

Alimentación desequilibrada y sedentarismo

Según un estudio de la OMS, en nuestro país, alrededor de un 40% de los pequeños tienen sobrepeso y un 19% de los niños y un 17% de las niñas presentan obesidad. Ante unas cifras tan elevadas, es fundamental educar a los niños y a los padres para que establezcan unos hábitos alimentarios saludables e incorporen el ejercicio físico en el día a día; ya que las causas de la obesidad y el sobrepeso responden básicamente a hábitos relacionados con el estilo de vida.

  • Dieta: La OMS asegura que “en las últimas décadas ha habido una modificación mundial de la dieta, con una tendencia al aumento de la ingesta de alimentos hipercalóricos, ricos en grasas y azúcares, pero con escasas vitaminas, minerales y otros micronutrientes”. Muchos especialistas insisten en que los niños comen pocas verduras, pescados, legumbres, huevos, yogures y frutas y, en cambio, consumen demasiada carne, bollería industrial, refrescos y productos precocinados.

La ingesta de grasas supone en muchos casos un 40% de las calorías diarias de los menores, cuando lo recomendado es que no supere el 30%, y muchos niños adoptan hábitos incorrectos, como no desayunar o merendar siempre snacks o chucherías.

  • Ejercicio físico: A la dieta desequilibrada se le suma que, hoy en día, los niños no desempeñan las mismas actividades que hace unas décadas. Muchos juegos al aire libre han dado paso a juegos de interior, que implican menor actividad física y menor gasto calórico. El auge de los videojuegos, el consumo de audiovisuales y el uso del ordenador, las tabletas y los móviles ha ido en detrimento de las actividades físicas o deportivas.
  • Otros factores: La obesidad o el sobrepeso pueden responder también a otros factores, como influencias sociales (el papel de los padres y de los profesores a la hora de enseñar unos hábitos alimenticios saludables es fundamental), fisiológicas o metabólicas (fruto de alguna enfermedad), psicológicas (si sufre algún trastorno) y genéticas.

Consecuencias de la obesidad

La Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad asegura que un niño obeso tiene muchas probabilidades de ser un adulto obeso. Y los peligros del sobrepeso y la obesidad son muy graves: “aumentan de manera considerable el riesgo de desarrollar enfermedades como afecciones cardiovasculares, diabetes o dislipemias, elevan el riesgo de presentar problemas psicológicos y desadaptativos y reducen la esperanza de vida”.

Además, padecer un sobrepeso acentuado o ser obeso durante la infancia o adolescencia suele acarrear consecuencias psicológicas muy importantes, que se traducen en una baja autoestima, resultados escolares anormales, estigmatización, cambios en las relaciones sociales, etc. Problemas que aparecen o son reforzados por factores como la burla de los demás niños, los problemas a la hora de comprar ropa, la dificultad de relacionarse afectivamente con otras personas por miedo al rechazo o la presión del qué dirán. Algunos estudios demuestran que los menores obesos presentan con más frecuencia trastornos depresivos y ansiosos, y que estos aumentan con la edad.

La importancia de una alimentación sana

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La causa fundamental de la obesidad y el sobrepeso es un desequilibrio entre la ingesta y el gasto de calorías. Para evitar esta descompensación calórica, hay que prestar especial atención a la alimentación y al ejercicio. La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, con su Estrategia para la Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad (NAOS) ofrece una serie de consejos para lograr una dieta diaria equilibrada en la infancia o juventud:

  1. Cuanta mayor variedad de alimentos exista en la dieta, mayor garantía de que la alimentación es equilibrada y de que contiene todos los nutrientes necesarios.
  2. Los cereales (pan, pasta, arroz, etc.), las patatas y legumbres deben constituir la base de la alimentación, de manera que los hidratos de carbono representen entre el 50% y el 60% de las calorías de la dieta.
  3. Se recomienda que las grasas no superen el 30% de la ingesta diaria, debiendo reducirse el consumo de grasas saturadas y ácidos grasos trans.
  4. Las proteínas deben aportar entre el 10% y el 15% de las calorías totales, debiendo combinar proteínas de origen animal y vegetal.
  5. Se debe incrementar la ingesta diaria de frutas, verduras y hortalizas hasta alcanzar, al menos, las 5 raciones al día.
  6. Moderar el consumo de productos ricos en azúcares simples, como golosinas, dulces y refrescos, ya que tienen un escaso o nulo valor nutricional y muchas calorías. Estos productos provocan saciedad e inapetencia y su sustrato dulce favorece la aparición de caries dental.
  7. Reducir el consumo de sal, de toda procedencia, a menos de 5 g/día, y promover la utilización de sal yodada.
  8. Beber entre uno y dos litros de agua al día.
  9. Nunca prescindir de un desayuno completo, compuesto por lácteos, cereales (pan, galletas, cereales de desayuno…) y frutas, al que debería dedicarse entre 15 y 20 minutos de tiempo. De esta manera, se evita o reduce la necesidad de consumir alimentos menos nutritivos a media mañana y se mejora el rendimiento físico e intelectual en el colegio.
  10. Involucrar a todos los miembros de la familia en las actividades relacionadas con la alimentación: hacer la compra, decidir el menú semanal, preparar y cocinar los alimentos, etc.

Beneficios de la actividad física durante la infancia

Todos los niños y niñas deberían realizar actividad física durante una hora al día (continuada o en periodos de 10 minutos a lo largo del día) y, al menos, dos veces por semana. Recuerda:

  • La actividad física ayuda a prevenir y controlar el sobrepeso, nos hace sentir mejor y permite fortalecer y mejorar la fuerza muscular, la flexibilidad, la resistencia…
  • Hacer ejercicio mejora nuestra función cardiovascular y contribuye a una adecuada maduración del sistema músculoesquelético y de sus habilidades psicomotoras.
  • Se considera actividad física cualquier actividad que ejercite el cuerpo: además de deporte, puedes bailar, saltar a la comba, subir y bajar escaleras, patinar…

La Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad explica que “el objetivo final del tratamiento de la obesidad infantil es conseguir un adulto con un peso normal y con unos hábitos de vida y alimentarios correctos”, y, en ese aspecto, el papel de los progenitores y de los profesores en las horas de las comidas es esencial: deben explicar la teoría, pero deben también predicar con el ejemplo.

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